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Donde está el primer café

Un sitio en la cocina donde el día empieza antes de arrancar. Sobre molinillos, tazas y la Coffee Bar.

Espresso machine on an oak KUUDU board, a knock box and tamper beside it, concrete wall behind

El agua empieza a sonar, el molinillo es durante unos segundos el único ruido de la casa, y mientras esperas miras por la ventana sin ver nada. Luego la taza, con las dos manos. Durante un minuto el día todavía no ha llegado.

Casi siempre pasa en el rincón de la cocina menos pensado para eso. La máquina está junto al fregadero porque ahí había sitio, el café en un armario, el filtro en un cajón, la taza favorita en algún lugar entre las demás. Solo te das cuenta cuando has hecho café en otra parte. En un bar de Bolonia, por ejemplo, donde el hombre de detrás de la barra terminaba en treinta segundos porque no tenía que girarse para nada: la máquina delante, las tazas en la chapa de encima, el azúcar al lado, el platillo en la mano.

Un sitio que pertenece al café

La Coffee Bar es esa barra, solo que en casa y para una persona. La máquina está a la altura de la cadera, donde la manejas sin agacharte. Encima, el café, la cafetera, el tarro de azúcar que ya nadie coge y que se queda de todos modos. Del riel de tazas cuelgan las tazas que usas de verdad, con el asa hacia delante. Abajo, en la caja, está lo que necesita la mañana y nadie tiene que ver: filtros, descalcificador, el paquete todavía cerrado. La cocina sigue siendo la misma, solo el recorrido se acorta, por la mañana una parada en vez de cinco, y a los pocos días se ha asentado un orden en el que ya no piensas.

Los domingos dura más

Entre semana el café es rápido. El domingo puede durar, y la barra es el sitio donde te quedas de pie mientras el resto de la casa aún duerme. Cuando llegan invitados, todos acaban ahí, como en cualquier cocina la gente termina de pie donde pasa algo. Y cuando en Alemania el café con pastel de la tarde es una cita en sí misma, la barra de la mañana se convierte en el mostrador donde les toca a las tazas grandes.

En Italia el espresso se toma de pie hablando con el barista; el café dura un minuto, la charla más. En Francia va con la barra de zinc y la vista a la calle, en España llega por la tarde como cortado, y en los Países Bajos alguien te vuelve a servir hasta que te levantas. Todas esas costumbres van pegadas a un lugar. Quien les da uno en casa, se las lleva a casa.

Las cosas sobre la barra

El molinillo al que diste vueltas durante un año antes de comprarlo está aquí. La cafetera de la abuela, que ya no cierra del todo, está aquí arriba porque en ningún otro sitio podría estar. El café viene del tostador de tres calles más allá, cuyo nombre les dices a los invitados como si fuera un secreto. Pocos rincones de una casa reúnen tanto de personal en tan poco espacio, y ninguno se toca tantas veces.

A las siete la barra está como está: migas del molido, la taza del día anterior. Mañana por la mañana volverá a estar donde tiene que estar.

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